Marcos Fernandez
Exposición en El Balcón de Bueño del 15 de marzo al 19 de abril.
Inauguración: Domingo 15 de marzo a las 12:00

El hórreo asturiano es una arquitectura que no se impone, se posa, no conquista el paisaje, sino que lo acompaña. Su elevación no busca dominar la vista, sino proteger lo que guarda. En esa humildad formal y esa economía de medios reside una de sus mayores lecciones, la arquitectura puede ser sabia sin ser grandiosa, puede ser resistente sin ser rígida, puede ser memoria sin convertirse en monumento.
Las fotografías reunidas en esta exposición revelan esa sabiduría silenciosa. No se limitan a documentar estructuras sino que buscan comprenderlas. Cada imagen se acerca a un aspecto distinto de esta arquitectura ancestral, la relación con los animales que la rodean, la torsión de la madera que la sostiene, la huella del fuego que la amenaza, la geometría de sus cubiertas, la precisión de sus tornarratos, la vida que se acumula bajo ellos, el vacío que impide el paso de los roedores, la convivencia con iglesias, casas y paisajes.
En conjunto, estas fotografías componen un retrato coral de un patrimonio que sigue vivo, un patrimonio que no pertenece solo al pasado, porque continúa habitado, reparado, reinterpretado. El hórreo no es una reliquia, es una forma de pensar el mundo, una forma que entiende que la arquitectura nace de la necesidad, pero también del ingenio, que la materia tiene voz propia, que la belleza puede surgir de la función y que el vacío puede ser tan importante como lo construido.
El detalle mínimo, una grieta en la madera, un poste retorcido, una piedra desgastada se convierte aquí en un lugar de revelación. La cámara no busca idealizar, sino escuchar y al escuchar descubre que cada hórreo es un organismo que respira, envejece, se adapta y resiste. Es testigo y actor de una relación entre humanos, animales, clima y territorio que se ha mantenido durante siglos.
Este ensayo visual nos invita a mirar de nuevo lo que creíamos conocer. A reconocer en estas arquitecturas elevadas no solo un sistema de almacenamiento, sino una forma de inteligencia material. A entender que la tradición no es un ancla, sino una raíz. Y que en un mundo que cambia a velocidad vertiginosa estas estructuras nos recuerdan algo esencial, que la memoria también necesita ser elevada, protegida y cuidada.
Porque, al final, un hórreo no es solo un hórreo, es una manera de estar en el mundo y estas fotografías, al detenerse en su materia y en sus huecos, nos enseñan a mirar con más atención, con más respeto y con más asombro.












Comencé mi historia en el lugar que nadie ve, en el hueco que dejo entre mi escalera y mi cuerpo. Ese pequeño vacío soy yo protegiéndome, yo pensando, yo recordando que a veces lo más importante no es lo que se construye, sino lo que se deja por construir. Por ahí suben los humanos, pero no los que vienen a roer mi panza. Ese hueco es mi primer gesto, mi primer secreto, mi forma de decir aquí empieza mi vida.
Avanzando un poco viste mis defensas antiguas, las muelas que sostienen mis patas y frenan a los intrusos, la cubierta que me abriga de la lluvia, la escalera que me une y a la vez me separa de la tierra. Cada pieza que ves fue pensada para que yo pudiera seguir en pie, guardando lo que me confiaban.
Después te invité a acercarte a mi piel, mirar mis postes retorcidos, mis vigas marcadas, mis esquinas gastadas. Cada grieta es un invierno, cada nudo un verano, cada reparación una mano que quiso que siguiera aquí. Soy madera que respira, que cruje y que recuerda.
Más adelante encontraste la vida que me rodea, la leña que guardan bajo mi sombra, la paloma que picotea el maíz que cuelga de mis barandillas. Soy parte de un ritmo, de un gesto repetido durante generaciones. A mi alrededor se trabaja, se guarda, se alimenta, se espera.
Cuando el camino se abrió, viste el mundo donde existo. El caballo que pasta junto a mí, la iglesia que me mira desde su quietud, casas elevadas que comparten mi manera de estar sobre la tierra. No soy un objeto aislado, soy un habitante más del paisaje.
Y al final, cuando ya recorriste mi cuerpo y mi entorno, te mostré mi herida. La estructura quemada que cierra este viaje no es un final, es un recordatorio. Yo también puedo arder. Yo también puedo desaparecer. Pero incluso en la ceniza queda algo de mí, una forma, una sombra, una memoria que se resiste a apagarse.
Así te conté mi historia, empezando por un vacío y terminando en una cicatriz.
Atentamente:
el horreo


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